Anny Rossi

La cantante de tango

«Yo soy yo, soy Anny, soy libre»

https://www.clarin.com/mujer/Anny-libre_0_SJlBFnOvQg.html

Arranca así, Anny: “A los diecisiete le dije a mamá que quería aprender a cantar… Me tenían cortito en casa; hasta que me casé, era un drama salir con alguna amiga. Y no eran chifladas, eran de lo más normales, como yo…”, y piensa un poco y dice, entre carcajadas, “no, la verdad no soy normal, en ningún sentido. Soy una mamá, soy un ama de casa, soy respetada y respeto, pero normal, no. La verdad”. Nos reímos y recordamos aquella frase: “de cerca, nadie es normal…”. Por el contrario, lo cierto es que de cerca Anny Rossi tiene una inesperada, tierna calidez. Tal vez la picardía de su risa. O será su voz, la que hace quince años entona tangos a capella en las noches de San Telmo, por los bares, antes de pasar la gorra o, mejor dicho, el sombrero. Tiempo atrás, cuenta, su amigo el tano Pascuale, que conoció en Plaza Dorrego, la apodó “la voce di San Telmo”. Certero: escuchar su tonalidad encanta.

La de Anny también fue familia de “tanos”, músicos y cantores. “En casa había guitarra. Si papá tocaba, mamá cantaba. El cantaba tango y folclore. Su hermana cantaba… Mi abuelo paterno tenía cuatro hermanos guitarristas; el materno tocaba guitarra, pero clásico. ¡Se armaban unas farras en la casa de mi tía! Me encantaban; con asado, los sábados. En una de esas, un primo de papá que cantaba en boliches me presentó a un muchacho bandoneonista. Era Rubén Juárez. Me gustaría hoy preguntarle si se acuerda de ese tiempo. Bueno, mamá averiguó de una profesora y empecé guitarra. Pero yo nada más quería cantar. Después pasó la vida, y me puse a hacer otras cosas, y dejé…”, recuerda una de las protagonistas del último desfile de Clarín Mujer, en Argentina Fashion Week.

“Vos te anotás o acá no entrás más”
Infancia en el sur: Lanús, Avellaneda. Pero Anny nació en la Sardá, Parque Patricios, barrio donde vive. Se casó, fue mamá dos veces y empezó a cantar de vuelta, “en los actos del Bernasconi, la escuela de mis hijos. Cuando egresó el más chico representé al barrio cantando en el Centro Cultural Recoleta. Después canté en un centro de jubilados. Y ahí, un día -y vuelve su risa- aparece una señora con un número de teléfono en un papelito: ‘te vas a anotar en este concurso y lo vas a ganar. Si no te anotás, acá no te dejamos entrar más’. El concurso era en Pompeya, en Centenera y Tabaré, en el bar El Buzón. Arriba había alquilado Manzi, y a pocas cuadras, ‘la esquina del herrero, barro y pampa’. Y gané. Los jurados eran el hijo de Rivero, un profesor y el director del coro de Pompeya. Uno de los premios fue integrar el coro como solista y gracias a eso tuve la suerte de cantar la Misa Tango, de Palmeri, en la iglesia de Santo Domingo.” Entusiasmada, se anotó en otro concurso, en San Juan y Boedo. Y ganó de vuelta, con otras cuatro personas. Pero “los que organizaban eran unos ladrones y ninguno de los premios existía, ¡se armó tal matete ahí adentro, que no sabés!” remata, riéndose de nuevo. ¿El ambiente del tango para una mujer? “Soy una solitaria. Yo no vivo la noche. Tengo un horario, cumplo mi trabajo y me voy a casa. Depende de dónde estás parada. Hay quien puede querer hacerse el representante artístico y te dice vamos a salir de gira, pero con ese verso hace negocio él”, deja asentado. “Yo soy yo. Soy Anny. Soy libre”.

Anny, sí. La que grabó un disco con Bartolomé Palermo, guitarrista legendario, que empezó por los bares acompañada también por una guitarra. “Hicimos un repertorio, salimos por los barrios… En San Telmo nos decían que sí en todos lados. Recién comenzaba El Federal (Perú y Carlos Calvo), en 2000, 2001, más tarde bar notable. Primero era sábado o domingo y después, como gustaba, prácticamente toda la semana, hasta los mediodías”. A Lucio, el guitarrista, le salió el esperado viaje a Italia, se casó y se fue. Anny pensó en buscar otro acompañante. “Pero, ¿qué pasaba? En muchos lugares me decían ‘la guitarra no se escucha, venga con un guitarrista más.’ Solo con uno a veces no sabíamos dónde meternos, era una locura de gente, no podía ir con dos, no había lugar para que pasaran los mozos. Decidí cantar sola, a capella. Y tuve la misma repercusión.” Con solo una mirada
Contralto es su registro, “con una amplia tesitura. Puedo dar los bajos más graves o soprano. Pero me mantengo en contralto para no exigir las cuerdas vocales. Si la escala musical es do re mi fa sol la sí, tratar de cantar en re o en mí, para no subir mucho. Hay temas que bajé. Tengo volumen natural, empecé a cantar y me salía bien. Pero no tenía técnica, no sabía respirar. A veces, cuando volvía a casa, me sentía disfónica. Fui a una fonoaudióloga: ‘a usted le falta técnica’, dijo. Así es que fui a tomar clases de canto.” Anny tiene “una rutina de ama de casa. Me levanto, a veces temprano, a veces tarde. Planeo qué hacer de comida. Otra mujer se dedicará a otras cosas, hará su vida, irá al spa, lo que quiera. A mí me gusta estar en casa con mis hijos. Así que hago las compras; un día hay que llevar a la perra, al gato al veterinario, ahí voy. Antes de salir preparo la cena y a las nueve de la noche arranco. Primero al bar de Cao. Después al Federal. Hago una parrilla chiquita en EE.UU. y Bolívar y sigo para El desnivel, Telmo Mío, La Poesía… Manolo…”. Son dos, tres horas, a veces algo más, porque se encuentra con conocidos y conversa un rato con ellos.

Se define -y aunque suene extraño, resulta verosímil- como una persona tímida. Conoció entre tantos a Jorge Vidal, a Aníbal Arias, a Ramón Ayala, el “Mensú”. Cuenta que con este último fueron, los dos, a hacer teatro. “Aunque te parezca mentira, él decía que tenía que controlar el pánico escénico”, se divierte Anny, relatando la anécdota. “Yo también lo tengo; no en los bares, pero en un escenario tiemblo como en el dentista. Aquello fue un show. Hicimos dos meses y nos fuimos, pero me encantó hacer teatro con él, fue genial!” Casi en confidencia, acota: “Gracias a este trabajo me salvé de ir al psicólogo. Me gusta mucho lo que hago. El tango describe en pocas palabras un barrio, una situación. Hay dos, especialmente, que ahora me acostumbré a cantar, pero que en épocas más sensibles me emocionaban mucho: Canzonetta, el italiano que vino a la Argentina y no pudo volver a su tierra, y un vals, Vieja casa, que habla de la infancia. Me hacían llorar y tenía que parar. Ahora estoy como curtida. No te digo que alguno todavía no me haga ese efecto, pero trato de no pensar.” Más que “terapia”, sin embargo, Anny cursó una escuela de psicología. “Después de quince años conozco a la gente. Incluso cuando entro sé, con solo una mirada, quién no va a poner nada en la gorra”. Únicamente dos veces tuvo respuestas desagradables. “Una vez, un hombre: ‘¿No ve que estoy comiendo y viene a pasar la gorra? Usted está molestando’. Alguien le quiso pegar, porque hay gente que me conoce de siempre. Salí llorando. Pero eso fue una vez. La gente es divina siempre. En una oportunidad Hanglin me hizo una nota en la radio y conté que estaba por operarme; esa semana la gente me ponía en la gorra estampitas y notitas deseándome suerte.” Un coro para Anny
Todavía le pone “la piel de gallina” recordar: “no hace mucho, entré al Desnivel y en uno de los salones había una mesa muy larga, repleta de gente. Saludé como siempre, cortito, ‘buenas noches’, y me puse a cantar. Me aplaudieron, y después una persona se paró y me gritó ¡‘El último café’! Entendí que me pedían ese tango, pero no: eran un coro profesional, enorme, había alemanes, holandeses, franceses: ‘Te lo vamos a cantar nosotros’. ¡Y todo el coro me cantó ‘El último café’! Hasta los mozos se emocionaron: ¡Mirá qué regalo te hicieron!, me decían.” Escenas como esa hacen de San Telmo “su barrio”. “Yo no vivo acá, pero es mi casa. Me convertí en mí misma. Tengo un grupo de amigos realmente maravilloso. Estudian en una escuela de canto acá en Perú y San Juan. Al salir iban a cenar a Manolo y ahí nos conocimos, me escucharon, me invitaron a la mesa y desde entonces me senté siempre. Nos juntamos en casa de uno u otro, cocinamos, o nos encontramos en el bar Los Laureles, nos anotamos para cantar. En San Telmo me conocen y me saludan todos. Y yo saludo a todos, sin distinciones, también a los borrachines que me escuchan desde afuera, sentados en la vereda, y me dicen chau, tanguera, chau…”.

Son las nueve de la noche ahora y las mesas del Federal ya están colmadas: hora de despedirse de la charla. La voz de contralto de Anny tiene otro destino: el público está a punto para el tango.



La cantante deambulante

Anny Rossi: la cantante deambulante

http://www.elsoldesantelmo.com.ar/anny-rossi-acapella-y-ambulante-en-san-telmo/

Con su pelo color bordó y su risa resonante, Anny Rossi está sentada frente a mí en un café del barrio Parque Patricios, donde nació y sigue viviendo.

“Parque Patricios es un barrio donde los vecinos te saludan -dice-. Y en San Telmo pasa lo mismo, la gente me dice ´¡hola tanguera! ¿Cómo estás?´. Hay encuentros con amigos, se escucha música en la plaza. Lo lindo es que es como mi barrio”.

Anny llegó a San Telmo por primera vez hace diez años. “Soy una cantante de tango, esto es lo que soy”, afirma. Cuenta que descubrió el tango de chica, escuchándolo en su casa familiar entre sus abuelos y tíos. “Mi papá tocaba la guitarra y mis dos abuelos también eran guitarristas y todos los hermanos, todos los varones del lado de mi papa, tocaban y cantaban tango. Bueno, escuché tanto que de grande también elegí el tango”.

Anny empezó a cantar públicamente en las funciones escolares de sus hijos. Cuando pedían la ayuda de los padres, Anny siempre se ofrecía para cantar en los actos de Fin de Año y los eventos de la escuela. Un día, una mujer le dijo que tenía que presentarse en un concurso: “Y le dije que no, no iba a competir” Pero la mujer insistía tanto que al final Anny accedió ¡y ganó! “Me entusiasmé”, cuenta.

Su marido Leonardo es músico de rock y blues, y parte de su trabajo era comprar y vender guitarras. “Un día me dijo, ‘¿por qué no le decís a uno de los guitarristas que pasan por aquí y para ver si podés hacer música, por lo menos como un hobby?´” Así que le hizo la propuesta a un guitarrista que se llamaba Lucio, y él aceptó. Salieron a buscar lugares donde tocar, acompañados al principio por Leonardo. Fueron a Palermo y La Boca, pero no encontraron mucho interés. Luego vinieron a San Telmo, donde fueron muy bien recibidos y empezaron a tocar en la Plaza Dorrego. Varios restaurantes los invitaron a tocar por una noche, que de pronto se convirtió en todas las noches de la semana. Después de esto, Leonardo llevó a Anny a un sombrerero artesanal y le compró su primer sombrero, diciendo: “ahora que tenés lugares para cantar, necesitás un sombrero”.

Seis meses después, Lucio se fue a Italia con su familia, pero aunque a Anny le daba un poco de vergüenza salir sola, decidió hacer algo distinto, cantando a capella. “Con el tiempo, empecé a crear un estilo propio, que ningún otro hace. Mi estilo es tanguero porque realmente siento el tango y opino que el público capta lo que siento en cada canción. Nunca me canso de cantar, y la gente me dice -incluso gente que ha viajado por el mundo- que soy única en lo que hago”.

Dice que ya no canta en la Plaza Dorrego, aunque es el lugar más pintoresco de San Telmo, y que lo que hace “no es un show” para turistas. “Realmente, trabajo por los argentinos. El turista va más para buscar el baile de tango, pero el tango para mí es como un pasaje, habla de un barrio, un recuerdo, un amor. Cuando canto estoy viendo qué interpreto”. De su repertorio de ciento y pico de tangos, “Canzonetta” es uno de los que más le gusta. “Mis abuelos eran italianos y el tango habla de los inmigrantes que no podían regresar a su país”, dice y explica que a veces no lo puede terminar de cantar porque le dan ganas de llorar, recordándolos.

Actualmente, todos los días salvo los domingos, Anny se levanta y hace sus tareas de madre y ama de casa. Luego, entre las ocho y nueve de la noche agarra su sombrero y sube al colectivo hacia San Telmo, donde empieza su recorrido cantando tangos en los bares y restaurantes históricos del barrio.
“Soy cantante de tango y madre de casa –dice-. Dejo la mesa puesta para la familia, me arreglo, saco el sombrero y me voy a trabajar”. Empieza su recorrido en el Bar de Cao, luego al Bar La Poesía y de ahí al Desnivel y El Federal, terminando en el restaurante Manolo. Los sábados también canta en la Tasca de los Cuchilleros. El recorrido entero le lleva entre dos y tres horas. Cuando nos vimos se estaba recuperando de una cirugía de la cadera, y lamentaba “¡Cuánto extraño mi trabajo! Extraño cantar y estar en movimiento”. Por suerte, ya está cantando de nuevo y vale la pena escucharla.

Amelia Borofsky



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